El talento por encima del esfuerzo describe el tenis francés de antes y de ahora. Desde Noah a Gaston hay una larga lista de jugadores que han deslumbrado más por su juego que por sus resultados.
Ahora que acaba París-Berçy, el segundo torneo en importancia de Francia tras Roland Garros, me ha dado por pensar acerca de la sequía de triunfos galos en el circuito del tenis. Nuestro vecino del norte, un gran país que cuida el deporte y a sus deportistas, no acaba de obtener los resultados que todos esperan, al menos en esto de la raqueta.
El tenis francés no gana un Grand Slam desde 1983 (Noah, Roland Garros), un Master1000 desde 2014 (Tsonga, Canadá) y tan sólo ha alcanzado un simple torneo ATP durante 2021 (Humbert, Halle). El bagaje parece corto para una nómina de ilustres espadas como Leconte, Forget, Pioline, Gasquet, Monfils o Grosjean. ¿Sorprendente, verdad?

La insoportable levedad de la factoría francesa parece tener mucho que ver con esa peculiar forma de ser que los galos tienen. Como en la obra de Kundera, la inutilidad de la existencia cotidiana apela a una necesidad de eterno retorno, a volver a vivir lo vivido pero de un modo que no se parece en nada al resto. El tenis francés no es el mejor del mundo, pero sí es diferente.
Esta afirmación se basa en esa máxima que recuerda que el resultado no es el único objetivo. Hay que dejarse llevar. Disfrutar jugando, porque el tenis no deja de ser un juego. Ahora corren tiempos de pegadores irreductibles, de derechazos a una línea, y misiles de revés a dos manos, a la otra. Pero Francia aporta algo diferente. Gaston es una especie de continuación de lo que fueron Santoro o Llodra, Monfils o Leconte, Herbert o Mannarino. Jugadores sin guión aprendido, imprevisibles que, cuando todo parece perdido, se liberan de la presión con una dejada, una volea imposible, un punto inolvidable. Espectáculo, arte, sensaciones. A los franceses les gusta jugar así. Gaston ha sido quien en Paris-Berçy nos ha hecho disfrutar con golpes entre las piernas, regalando al público un disfrute olvidado, demostrando que otra vida es posible en el tenis, que se puede ser feliz alejado del triunfo final pero siendo fiel a un estilo.

Yannick Noah en los 80 deslumbraba con su juego alegre y espectaculares smashes, más tarde llegaron los reveses cortados de un rellenito Leconte, los saques abiertos de Forget, la heterodoxia absoluta de Santoro, la perfección en la volea de Llodrá, la alegría y agilidad de Monfils, la eficacia en la red de Herbert, el gusto por la hierba de Mahut, la constancia de Benetteau, la locura de Paire, la elegancia de Mannarino, la serenidad de Gaston…

No puede ser casualidad tanto genio y tanta indiferencia por el resultado. En Francia no gusta el tenis laboral, el tenis de 8 a 5, del que salen jugadores como piezas de una cadena de montaje. No, la bohemia francesa clama por la alternativa a la forma oficial. «En la variedad está el gusto», «para gustos los colores», «sobre gustos no hay nada escrito»…, infinidad de expresiones para apelar a la diversidad, por eso, estoy feliz de que, el tenis galo nos ofrezca una forma distinta de jugar, alejada de la uniformidad actual, aunque, lamentablemente, también de los grandes triunfos.
Al final del oscuro túnel del tenis que maltrata la pelota con una violencia desmedida se aprecia un poco de luz, la luz del país del Rey Sol.
Buenos días amigo Fran, muy bien descrito la difencia de juego de los tenistas Franceses con el resto, hoy lo importante en ete deporte son títulos y estar en la cima y pegarle a la bola a romperla, sin embargo como tú muy bien dices la mayoría de los tenistas franceses juegan a divertirse con esa cultura se nace y de ello también hay que aprender. Un cordial saludo
En la portada está la síntesis.
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