Herramienta imprescindible del juego, no siempre bien tratada por sus dueños, ha ido evolucionando a la vez que lo hacía el propio deporte. La raqueta, con sus cambios de materiales y diseños ha marcado un antes y un después en el tenis. Actualmente su papel no es relevante en el juego, pero sí hubo un tiempo en que tener un tipo de raqueta u otro marcaba las diferencias.
Protagonista invisible tanto de finales de Grand Slam como de previas de cualquier torneo e, incluso, de los cotidianos entrenamientos. Víctima de las iras de jugadores que pierden sus nervios por un error inesperado. Sustituidas sin compasión por otras nuevas con la escusa de haber perdido presión sus cuerdas. Esta es la historia de las raquetas, el elemento imprescindible que parece olvidado por todos pero que, hubo una época que influyó en el juego de forma directa.
Es muy probable que más de uno guarde aún alguna raqueta de madera en su casa. Para nuestros hijos no deja de ser algo «vintage», más cercano a un objeto ornamental que a la herramienta que llevó al éxito a jugadores como Ken Rosewall, Rod Laver, Arthur Ashe o el mismísimo, Manolo Santana. Este descubrimiento me ha llevado a la lectura de varios artículos muy instructivos sobre la evolución de las raquetas de tenis, de cómo hemos pasado de objetos pesados y muy limitados en sus golpes a herramientas diseñadas especialmente para los diferentes estilos de juego.
El tenis tiene su origen en los antiguos juegos de pelota de las culturas egipcia, griega y romana. Se trataba de ceremonias religiosas y festivas que se celebraban para dar la bienvenida a la primavera, a la fertilidad o para homenajear las victorias militares. Pero en estos juegos todavía no tenía presencia la raqueta, limitándose a la mano como ejecutora del golpeo de la pelota. En la Edad Media, como también ocurrió con la cultura, los juegos de pelota, todavía usando la mano, se difundieron desde los claustros de los monasterios. No fue hasta el s. XV cuando aparecen las primeras referencias de la utilización de objetos para golpear las pelotas.
Enrique VIII, ya en el s. XVI construyó varias canchas de juego cubiertas y con paredes en Inglaterra, una especie de híbrido entre el pádel y el tenis actual. Una de ellas, la de Hampton Court, aún se conserva.
Pero el precedente más fiel al actual tenis, que acabaría jugándose con raquetas, es el «Jeu de Paume» y que tanto éxito habría de tener en Francia. Si en principio se jugaba con la palma (paume) de la mano, poco a poco se fueron introduciendo modificaciones en el juego, como la aparición de raquetas de menor tamaño y con cordaje dispuesto en diagonal.

Será en 1800 cuando Pierre Barcellon defina las reglas del «Jeu de la Pome» como muy parecidas a las del tenis actual. De la misma forma, aparecen las raquetas similares a las que todos conocemos: con un mango diferenciado del cuello y corazón de la raqueta, el cordaje se coloca ya de forma horizontal y verticalmente.
A finales del s. XIX y principios del s. XX se van perfeccionando las raquetas. Ni que decir tiene que el material empleado para su elaboración era la madera: caoba, nogal, fresno, acebo y roble para los marcos y el cuello de las raquetas y dejando el arce, cedro, abedul o tilo para la zona de la empuñadura ya que ofrecían un mejor agarre. En la década de los 30 se introduce un elemento técnico que revolucionará el mundo de las raquetas: la introducción de un clavo transversal que dará origen a las raquetas metálicas, tipo Dayton, que se hicieron populares en EEUU.

Pero la madera seguiría siendo, durante mucho tiempo protagonista de las raquetas. Unas más peculiares, como la Hazell Streamline con tres barras y la Top Flite, con el corazón abierto.

Aquí tuvieron especial importancia marcas que apostaron por la elaboración de raquetas en un momento en el que el tenis va obteniendo el reconocimiento que nuestro deporte siempre ha tenido. Wilson, Spalding o la Slazenger Challenge de Santana y, sobre todo Dunlop con su Maxply son las que empezaron a elaborar de forma industrial las raquetas utilizando maderas laminadas.

La década de los 70 supone una auténtica revolución en el mundo del tenis con la creación del circuito abierto, la era Open, que supuso la llegada de jugadores como Newcombe, Connors o Borg. Estos cambios coincidieron con la creación de la raqueta totalmente metálica por René Lacoste, ingeniero y brillante ex-jugador. Arthur Ashe fue el primer jugador en probar las raquetas de acero, más fuertes y livianas que las de madera. La lucha en la pista también desarrollaba fuera en de la misma entre los defensores de lo clásico y aquellos que veían con buenos ojos la llegada de los materiales más modernos.

Esta disputa se centró entre Donnay, que promocionaba su raqueta de madera Allwood con Bjon Borg como máximo representante y el carismático Jimmy Connors, como imagen de la metálica T-2000 de Wilson.

Y así llegamos a finales de los 80, cuando los materiales como el composite, la fibra de vidrio, el carbono o el grafito ganaron definitivamente la batalla a la madera. El cambio de material también supuso una importante modificación en el diseño de las raquetas, que empezaron a ser de corazón abierto y con tamaños muy superiores a los anteriores. En este proceso destacó la marca Prince.

Ahora, en pleno s. XXI se sigue innovando, añadiendo novedosas formas y sistemas con el fin de buscar potencia y control en los jugadores.
Hoy en día hay jugadores veteranos que incitan a los más jóvenes a probar con raquetas de madera para que experimenten otras sensaciones de bola. Incluso, actualmente, en España se realizan torneos en los que el único requisito que se pide es jugar con raquetas de madera. Románticos que añoran el pasado y que, en el fondo, reivindican la vuelta al juego clásico.
Por eso, cuando volvamos a presenciar a un jugador pagando sus errores de precisión o de estrategia con la raqueta, recordemos que gracias a ella, este deporte es como es y no simplemente un juego de pelota jugado con la mano. De madera, metálica o de grafito la raqueta merece la elevación a la más alta categoría del mundo del tenis.
