El jugador francés vive los mejores momentos de su carrera deportiva con dos victorias en las tres finales ATP que ha disputado en este 2023. Mannarino remontó una final que perdía ante Korda por un set y un break abajo. Este es el cuarto título ATP del galo.
En estos tiempos de homogeneidad social que vivimos, lo diferente siempre es bienvenido. Comidas que siempre saben a lo mismo, ciudades que se parecen a otras situadas a miles de kilómetros, canciones compuestas sobre una misma base preestablecida, jóvenes vestidos como calcos o crónicas de tenis idénticas que salen como churros en los medios deportivos son el pan nuestro de cada día. El siglo XXI ha venido para traernos una falsa oferta, que resulta inútil, porque lo que se sale de los patrones establecidos es apartado por los rigores que establecen los gurúes de lo políticamente correcto. Pues en este ambiente hostil para lo diferente, Adrian Mannarino, nos trae una bocanada de aire fresco para los que pensamos que aún hay esperanza en el tenis, sin necesidad de reventar la pelota.
Mannarino es el típico jugador que todos reconoceríamos sin verle la cara. Nadie en el circuito golpea tan plano y es capaz de pegar a la pelota tan adelante. Su cadencia sobre la cancha anticipa que el francés no va a golpear la bola, sino acariciarla para llevarla al rincón que su cabeza, previamente, ha imaginado. Un placer para los sentidos del espectador. El galo es un jugador discreto que vive el tenis con la discreción propia de quien se reconoce diferente. Ni siquiera, Adrian, tiene un patrocinador de ropa que le vista y desde hace años es el jugador del circuito que juega con menos tensión en la raqueta.
Hoy en Astana, el torneo Nur-Sultan ATP250, ha visto por primera vez a un jugador disputando su segunda final aquí. El francés ya había perdido en 2020 ante el australiano John Millman. Quizá por eso, esta tarde no perdió la compostura cuando iba un set y un break por debajo ante uno de los mejores tenistas que vamos a tener en los próximos años, Sebastian Korda. Fue justo en ese momento, con 3-1 abajo en el segundo set, cuando la calma de Adrian se hizo efectiva con golpes que abrían la pista hasta el infinito y desordenaban el juego del norteamericano. Cinco juegos consecutivos pusieron el set en bandeja al galo y un todo por decidir en la tercera manga.
Mannarino continuó con su juego calmado de golpes blandos combinados con incómodos cortados que rápidamente se tradujeron en un break a favor. Korda intentaba remar contra un caudal de golpes a la línea de su rival, que ya sólo pensaba en encontrar la desembocadura del título. Con 4-6, 6-3, 6-2 en poco más de dos horas, el jugador francés se alzaba con su cuarto título ATP y se colocaba a tan sólo un puesto de su mejor posición histórica en el ranking, el nº23.
A sus 35 años, Adrian Mannarino se erige en un icono de lo heterodoxo, de lo verdadero, de todo eso que no se puede comprar con los ingresos de un sponsor o que sale de una cadena de producción. Mannarino no pasará a la historia del tenis como uno de los más laureados tenistas de la historia, ni mucho menos, pero sí será recordado por unos pocos en cuanto veamos a otros jugadores acariciar la pelota con su raqueta destensada como él lo ha hecho siempre.