Siempre recordará la final de Roland Garros como la ocasión perdida
Marcado para la gloria desde que su padre decidió ponerle el nombre que llevaba su ídolo: Guillermo Vilas. Desde muy pequeño «manejó» con destreza la raqueta y pronto se convirtió, junto a su inseparable amigo David (Nalbandián), en una de las promesas del tenis argentino. Y vaya si cumplió con las expectativas porque, «el mago», apelativo con el que era conocido en el circuito, está considerado como uno de los mejores jugadores de tierra batida de la historia.
Su ídolo fue siempre André Agassi, con quien se enfrentó en Roland Garros de 2003. «En ese momento lo respetaba mucho. Pero esa temporada acordamos un entrenamiento, y ahí fue todo normal. Jugamos en esos últimos minutos unos cuantos juegos. Se los gané y fue ahí cuando le perdí parte de ese respeto para jugar más suelto”. Lo más interesante es que conseguí mi primera gran victoria contra André en Roland Garros. El preparador físico de Agassi le reconoció a Coria que desde ese momento Agassi nunca más quiso entrenar con «el mago» porque decía que por aquel entrenamiento le había perdido el respeto dentro de la pista.
Pero la historia de Guillermo Coria no fue perfecta. No hay más que ver los huecos en sus vitrinas para darnos cuenta de que faltan los trofeos grandes en casa de un grande del tenis. Ganador de dos torneos Masters (Hamburgo y Montecarlo) y muchos torneos ATP llegó a estar en el Top 10 durante tres temporadas consecutivas. Junto a Guillermo Vilas, David Nalbandián y Juan Martín del Potro llegó al nº3 del ranking ATP, pero la gloria se le escapó de entre los dedos cuando ya la estaba acariciando.
La ocasión le llegó en 2004. Llegaba como favorito a la cita del Grand Slam de tierra. En cuartos de final se deshizo de otro de los jugadores más destacados de la época, Carlos Moyá, y se presentó en semifinales donde sabía que Tim Henman no era un rival de entidad sobre el polvo de ladrillo.
Todo parecía que se ponía a su favor porque la sorpresa saltaba en la otra semifinal que enfrentaba a otros dos argentinos: David Nalbandián y Gastón Gaudio. El nº7 del mundo caía ante un jugador que no estaba bien clasificado en la lista ATP, el nº44 pero que estaba viviendo su momento de gloria. Junto a Gustavo Kuerten tiene el record de peor clasificado en ganar Roland Garros.
En la final todo iba perfecto para Guillermo. Un 6-0 en la primera manga era premonitorio de que el partido estaba controlado por el menudo jugador argentino. En la segunda manga Coria siguió imponiendo su medicina al rival. Nadie daba nada por Gaudio que bastante tenía con repeler la fiereza y el ritmo de pelota que imponía el mejor especialista en la tierra batida de esas temporadas. El segundo set acabó con 6-3. Pocas veces se había remontado una final de Grand Slam con 2 sets abajo, pero jamás se había conseguido con un 6-0 en alguna de las mangas.
El tercer set llegó al 4-4 y 40-0 para Coria. De forma inexplicable aparecieron los peores temores en la cabeza de Coria y los temibles calambres musculares. Como si estuviera poseído por una extraña fuerza interior que le impedía moverse y golpear como en el era costumbre perdió los dos siguientes sets: 4-6, 1-6. Aún así, en el quinto luchó hasta la extenuación yéndose hasta el 8-6 para Gastón Gaudio que rompía todas las ilusiones de Guillermo Coria. Era la primera vez que alguien perdía dos match-ball en una final de Roland Garros. Cinco centímetros separaron a «el mago» de la gloria. Toda la vida vivirá con esa sensación de tener entre los dedos la Copa de los Mosqueteros y desvanecerse entre ellos para no agarrarla nunca jamás.
A partir de ahí Coria dio un cambio en su juego y en su preparación. La fortaleza y competitividad que tenía y gestionaba con su habitual hermetismo cambió. Se empezaba a rodear de mejores colaboradores que canalizaban mejor sus iras y errores tanto fuera como dentro de la pista.
Coria es un tipo sincero y con el paso de los años se retracta de las «broncas» que les echaba a sus entrenadores. No era un apasionado de los entrenamientos, pero su físico requería de un doble esfuerzo. En 2005 continuó jugando un gran tenis. Siempre recordará la final de Roma de este año contra Nadal, para muchos el mejor partido disputado jamás sobre tierra batida que le supuso una nueva amarga derrota. El duelo terminó llevándoselo el balear por 6-4, 3-6, 6-3, 4-6 y 7-6.
A partir de 2006 pareció perder la ilusión de luchar por alcanzar los objetivos perdidos. Eso provocó una brusco descenso en su rendimiento tenístico, del cual nunca se recuperó. En 2009, con tan solo 27 años, se retiró del tenis profesional.
La historia recordará a Coria como uno de los mejores jugadores de tierra batida, capaz de sobreponerse a siete meses de sanción por nandrolona, a lesiones y montañas rusas en su juego que lo llevaron a una retirada demasiado prematura.
El tenis es un deporte precioso, pero también muy cruel en el que cinco centímetros te dan el Olimpo o te devuelven al lodo. Desde «Subiendo a la red» queremos devolverle a Guillermo Coria la admiración y gloria que el destino quiso llevarse cinco centímetros más allá de la línea.
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