Conforme han ido pasando los días, en este Open de Australia de 2026, todo parecía indicar que se produciría un relevo en los principales dirigentes del tenis. Pues bien, a pesar de estar involucrados en inesperadas circunstancias deportivas, los cuatro líderes del gobierno de la ATP se mantienen en las semifinales del primer Grand Slam del año. Sinner contra Djokovic y Alcaraz contra Zverev buscarán una plaza en la final del domingo. Ninguno está dispuesto a dimitir de su posición de privilegio.
Estamos acostumbrados a normalizar lo extraordinario. Tanto es así, que nos sorprendemos de casos, como el de Ivanisevic, o el mismísimo Camacho, en los que se van antes de empezar un proyecto, porque descubren que el producto no se parece en nada al que habían comprado. Por eso, nos resulta muy difícil de explicar la pertinaz obsesión de algunos, cada vez más, por ocupar el sillón y no desalojarlo ni con agua caliente. Como ya han podido intuir, me estoy refiriendo a Alcaraz, Sinner, Zverev y Djokovic, quienes han presentado en Melbourne sus candidaturas para investirse como ganadores del Open de Australia y han estado a punto de descarrilar.
Como suele decirse, lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Después de años de esforzado trabajo por mítines tenísticos de medio pelo, ahora, cuando ya disfrutan de los privilegios que otorga el poder, utilicen todas sus armas para perpetuarse en los puestos de privilegio. Quizá sea por eso, por lo que está interiorizado lo de no dimitir jamás. Casos como el de Roberto Carretero, campeón del Master1000 de Hamburgo de 1996, que se liberó de la presión del tenis con tan sólo 25 años, sólo lo puede explicar Maxim Huerta.
Novak Djokovic ya estaba preparando las maletas para abandonar su cargo de Diez veces campeón del Open de Australia, cuando Musetti no aceptó su carta de renuncia, ofreciéndole su rotura en el aductor de la pierna derecha. En ese momento, el serbio ya perdía 6-4, 6-3 y sólo un milagro podía salvarle. Desde hoy, Nole es un ferviente seguidor de los fenómenos paranormales.
También tenía ya escrita su dimisión Sinner cuando, en su partido de tercera ronda, empezó a padecer unos calambres, poco corrientes, que afectaban a todo su cuerpo. Un oportuno decreto ley del calor, aprobado de urgencia por la ATP, llegó justo a tiempo para salvar al italiano. El mantra del cambio climático ha servido para darle otra vida al pelirrojo de la raqueta, igual que el pectoral de Dimitrov le regaló unas semifinales de Wimbledon en 2025.
El caso de Zverev es parecido. El alemán, a pesar de ser un reconocido tecnócrata del tenis, no aparecía en las quinielas de los expertos para llegar a las semifinales. El pobre papel que representó durante la final del año pasado en Melbourne, y su discreta actuación en la legislatura pasada, hacían de él un líder prescindible de este nuevo Consejo de semifinales.
Por último, Alcaraz, el líder actual del gobierno tenístico, que había llegado a Australia con las dudas propias de quien acaba de separarse de su mentor, ha sabido aferrarse a su cargo imponiendo su autoridad a todos los diputados que, raqueta en mano, se le han puesto en frente. Por lo pronto, ya está en sus primeras semifinales en las antípodas.
El tenis vuelve a ser el espejo en el que se mira la actualidad. Los cuatro mejores de la ATP no están dispuestos a abandonar sus cargos porque les ha costado mucho conseguirlos y, como hemos podido ver en este Open de Australia, se aferran a la diosa fortuna, al auxilio de las normas, a un terrorífico servicio o al sueño de completar los Grand Slams. En los próximos días, tres dimitirán y sólo quedará uno…, en el Open de Australia, claro.