El jugador murciano supera en dos apretados sets a Karen Khachanov para plantarse en la penúltima ronda del Mutua Madrid Open. Su rival saldrá del Coric-Altmaier de esta noche. El alemán, como ya le sucediera a su rival en la edición de 2017, ha llegado a cuartos tras disfrutar de un lucky loser.
La mitología griega nos cuenta la historia del hábil artesano Dédalo, constructor del laberinto de Creta, y de su hijo Ícaro. Apresados por el rey Minos en su propio laberinto por haber colaborado en la fuga de Teseo, idearon una forma de escapar alejada del control que el monarca ejercía sobre la tierra y el mar. Durante años recolectaron plumas de pájaros que Dédalo unió con hilos y cera hasta formar grandes alas. Una vez acabado el trabajo enseñó a Ícaro a desplegar las alas y volar apaciblemente sobre el Mediterráneo hasta alcanzar la libertad. Eso sí, le advirtió que su vuelo no fuera demasiado alto para que la cera no se derritiera provocando la caída de las plumas, ni muy bajo, para que la humedad del mar no hiciera muy pesadas las alas y agotara las energías del ave humana. Pero Ícaro, tentado por la insolencia que otorgan los pocos años de vida, creyéndose superior a los consejos de su padre, e incluso al poder de los propios dioses, decidió volar alto sin darse cuenta de que la cera se derretía y que sus alas desplegadas ya no podían sujetarle en el aire. Envuelto en la arrogancia que cubre la juventud, Ícaro cayó al mar mientras su padre lloraba desconsoladamente su pérdida.
Esta tarde, en el Olimpo del tenis madrileño, el Dédalo de Onteniente, ha conseguido detener a tiempo la caída del Ícaro murciano tras un segundo set repleto de acciones de arrogancia juvenil de un crío de, todavía, 19 años. De forma inconsciente, la fácil victoria de Alcaraz sobre Zverev había alimentado un ego insaciable de golpes imposibles, dejadas inverosímiles y ángulos desconocidos. Hoy, el murciano ha sido incapaz de mirar a largo plazo y se ha dejado llevar por el placer del riesgo que provoca la incertidumbre de lo inmediato. Los genios, como Carlitos, a veces, arrastrados por éxitos como el de ayer, olvidan su condición humana y tras un primer set sencillo, en el que le ha bastado con una rotura en el séptimo juego, quieren ascender al cielo minimizando los riesgos que eso conlleva. Khachanov, con los pies bien puestos sobre la tierra, batida en este caso, con las instrucciones de Pepo Clavet bien aprendidas, y utilizando las alas que el ribereño le está construyendo, se ha colocado con 4-1 a favor y ha desperdiciado varias bolas para colocar el doble break a su favor. Ayudado por su Dédalo particular, Alcaraz ha salido de su laberinto a tiempo para devolver la rotura al ruso siguiendo los sabios consejos que le llegaban de su box: alarga los rallies, mejora el lenguaje corporal, haz que se mueva más… Las alas de Ícaro le han llevado hasta un 6-4. 7-5 final que, por momentos, apuntaban hacia un aterrizaje de emergencia.
Ícaro es la inconsistencia de la juventud, las alas son las herramientas que su padre deportivo le ha enseñado a utilizar para que vuele con éxito, el cielo y el mar son los extremos que debe evitar para completar una carrera repleta de títulos y la caída de Ícaro es el claro ejemplo de esas promesas deportivas que, por una evidente falta de cautela a edades tempranas, han dado al traste con una prometedora carrera. Ahí es donde cobra importancia la labor de este Dédalo del deporte de la raqueta que, como jugador llegó a ser número 1 de los artesanos del tenis y como entrenador es un sabio moldeando al genio que tiene entre sus manos.
Una vez más, tiramos de mitología para explicar un partido de Alcaraz. Señal inequívoca de lo cerca que está ya de los dioses de este deporte. En el camino de este Mutua Madrid Open sólo se atisba ya un ser superior, casualmente también griego, Stefanos Tsitsipas, quien tendrá que echar mano del Oráculo de Delfos para que Carlitos no le cierre por quinta vez la puerta de entrada al Olimpo de los Dioses del tenis.
Unos nacen con míseras alas que apenas les permiten levantar el vuelo unos metros, otros con cohetes puestos en la espalda que le acercaran rápidamente al sol. Es su obligación calcular el vuelo adecuándolo a sus capacidades para que, como el ave Nadal, consiga un vuelo rasante que llene de felicidad toda tu carrera deportiva.
Esperemos que Zeus vele por él por mucho tiempo
Aunque a nosotros nos gustaría que no nos diera estos sustos, creo que Carlos es un chaval que disfruta mucho jugando al tenis y creando magia. A mi particularmente, me cautivan sus dejadas imposibles. Es posible que le cueste algún disgusto, pero creo que con el tiempo sabrá compaginar el espectáculo y la consistencia para convertirse en uno de los mejores.
Muy didáctica y bella crónica la que nos presentas. Queda patente la importancia del artesano de Onteniente y lo mucho que le queda por pulir para que la arrogancia juvenil del alumno no lleve al traste una prometedora carrera.