Representante de una generación del tenis checoslovaco de los 80, estuvo ensombrecido por su compatriota Ivan Lendl, quien impidió en dos ocasiones que ganara un Grand Slam.
Imposible olvidar a Miroslav Mecir si lo viste jugar. Ni estoy exagerando, ni sublimando cualquier tiempo pasado, cosa que nos suele ocurrir. Pero en el caso de este pelirrojo desaliñado de los 80 no estoy faltando a la verdad si digo que es uno de los jugadores con más talento que jamás ví en una pista de tenis.
Miroslav Mecir nació en 1964 en Bojnice, hoy Eslovaquia pero en aquel momento Checoslovaquia. Perteneció a una generación gloriosa de ese país del Este, hasta el punto de que en 1986, los checoslovacos coparon las finales del US Open en categoría masculina, Lendl-Mecir, y en femenina, Sukova-Navratilova.
Conocido con el apelativo del «Gran Gato» vivió a la sombra de su compatriota Ivan Lendl, quien le privó de conseguir algún torneo grande, ya que el serio jugador checo le venció con contundencia en el US Open de 1986 y el Open de Australia de 1989. Miroslav Mecir, hoy eslovaco, no se caracterizaba por su lucha, su compromiso o capacidad de entrenamiento. Él mismo reconoció en alguna entrevista que se pasaba semanas escondido en el bosque y pescando en su barca en lugar de estar entrenando en las pistas. Sin duda, era un tipo peculiar que carecía de muchas ambiciones deportivas.
Mats Wilander que por aquellos años era de los primeros del ranking, solía echarse a temblar cuando veía a Mecir por su parte del cuadro. Cuando le salía un partido bueno era desesperante para su rival. Parecía que lo que el hacía, lo podía hacer cualquiera. Siempre daba la impresión de tomarse las cosas muy relajadamente y de que físicamente no le dedicaba mucho tiempo a trabajar.
Su particular forma de jugar le hacía estar siempre muy metido en la pista y jugar muy plano. Poseía una cadencia jamás vista que le permitía hacer ángulos imposibles y cambios de dirección inesperados. Fue además uno de esos jugadores que se resistieron hasta el último momento a abandonar las raquetas de madera porque le daban más control y su juego era de toque. Cuando llegó el tenis de fuerza se le acabó el gas, pero daba gusto verle jugar. Era un jugador de tenis distinto, pura intuición y toque; un artista de la raqueta. Inolvidables recuerdos de una de las mejores épocas del tenis. en las que había jugadores con estilos muy distintos y que, sin duda, hacían más entretenido el circuito.
Inolvidable fue su semifinal de Wimbledon con Edberg en el 88, o su medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Seúl 88 en la que se impuso a Tim Mayotte. Sin duda, un jugador de esos que podemos calificar como un grande que se quedó sin «un Grande» en sus vitrinas.
Mecir vs Lendl 7-5, 6-2, 7-5, en la final 1987 de Cayo Vizcaíno.
Miroslav Mecir era todo talento natural para jugar al tenis. Nadie jugaba los contrapiés como él. Sabía hacer de todo y todo bien en una pista de tenis, pero… le fallaba la ambición y la forma física. Perdía partidos en los que era mucho mejor tenista técnicamente que el contrario, pero en los que se dejaba ir.
Mecir llegó al nº4 del ranking ATP y su relevancia en este deporte fue mucho mayor que lo que indican sus 11 títulos ATP. Demasiado poco para este talento natural que tuvo que retirarse con tan sólo 26 años aquejado de una lesión en la espalda. Ahora todos le recordamos por su calidad, su falta de ambición y su frecuente falta de lucha y, según dicen,.. de duchas.