El jugador californiano vence por tercera vez en el ATP250 de Eastbourne, antesala del Grand Slam de la hierba, Wimbledon, que empieza mañana. Fritz se impuso en dos sets al australiano Max Purcell que, a sus 26 años, ha jugado su primera final del circuito profesional. La victoria del tenista norteamericano no soluciona la enorme crisis de resultados que vive EEUU en el mundo de la raqueta durante los últimos 20 años. En lo que va de s. XXI, sólo 4 grandes: 3 Open de Australia de Agassi y el OpenUSA de 2003 de Roddick. Sin duda un corto bagaje para la que ha sido siempre la primera potencia del tenis.
La Guerra Fría es un término que está más relacionado con la hegemonía mundial que las dos grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, mantuvieron desde el final de la IIª Guerra Mundial hasta la Caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior disolución de la URSS dos años más tarde, que con la temperatura en la que los contendientes han de medir sus fuerzas. Mientras unos vivieron un desarrollo espectacular basado en el capitalismo, los otros democratizaron la pobreza repartiéndola por todo el vasto país. Desde el último cuarto del s. XX, Estados Unidos vivió un momento de esplendor que también llegó al deporte de la raqueta con tenistas como Arthur Ashe, Stan Smith, Jimmy Connors, John McEnroe, André Agassi, Pete Sampras, Jim Courier o el mismísimo Andy Roddick. Tanto es así, que el tenis estadounidense ostenta el privilegio de ser el que más jugadores nº1 ha tenido a lo largo de la historia del circuito con un total de ocho. La gloria pasó y, tras la retirada de Andy Roddick, el tenis norteamericano no levanta cabeza.

Truman, Eissenhower, Nixon o el propio Reagan estaban a la altura de esa sociedad floreciente que les llevó a convertirse en la primera potencia mundial. Pero todo tiene su fin y desde hace más de 20 años, Estados Unidos no se acerca, ni por asomo, al nº1 de la ATP. Blake, Isner, Querry y Sock lideran una generación de tenistas mediocres que parecen responder a los valores de los movimientos e ideologías progresistas radicales o de izquierda identitaria posmoderna que tanto predicamento tienen, desde hace unos años, en un país que se debate entre la senilidad y la demencia. Hace una semana, Tommy Paul se erigía en el primer tenista norteamericano de la ATP tras su triunfo en el Queen’s. Tan sólo siete días después, Taylor Fritz recupera el cetro del tenis estadounidense al volver a reinar en Eastbourne, una plaza en la que ya ha ganado tres veces (2019, 2022 y 2024) y que le aporta un chorro de buenas sensaciones para el Grand Slam londinense, que empieza el próximo lunes. Ni uno ni otro están dentro de un Top10 copado por tenistas europeos y una excepción australiana de madre alicantina y padre uruguayo.
El rival del californiano en la final ha sido Max Purcell, un australiano poco acostumbrado a llegar a la última ronda de los torneos ATP. Para ser más preciso, hoy ha jugado su primera final del circuito profesional en la modalidad de individuales, porque en lo que Purcell destaca es en el dobles, donde sí ha ganado 7 títulos ATP, tres de ellos esta temporada.
Estados Unidos, como ya vaticinó Chomsky, está en una preocupante decadencia fruto de haber abrazado los valores de la ideología woke. El tenis no es ajeno a este desarraigo a la más mínima inteligencia que muestran los vetustos candidatos actuales a residir en la Casa Blanca los próximos cuatro años. El nonagenario lingüista de Filadelfia dijo que «No deberíamos estar buscando héroes, deberíamos estar buscando buenas ideas”. Quizá, ahí radique el problema del tenis norteamericano. La victoria de Fritz, siendo un triunfo para la primera potencia mundial, deja a la intemperie una importante crisis en el tenis norteamericano que no tiene pinta de solucionarse pronto. Y en esto poco importa que gane Biden o Trump.