El jugador suizo se queda a las puertas de volver a ganar un título seis años después de que lo hiciera en Ginebra. A pesar de adelantarse en el marcador de la final del ATP250 de Umag, Popyrin consiguió la remontada en un duro partido en el que, al final, pesaron los 15 años de diferencia de edad entre ellos.
A estas alturas de la película nadie puede dudar de la capacidad competitiva de Stan Wawrinka. Más de 20 años lleva este guerrero suizo dejándose la piel en las pistas con un tenis de salón envidiable y un físico que, de haber sido mejor, nos tendría ahora hablando de él como uno de los más grandes. Pero es que este jugador de apellido polaco y antepasados checos, está sólo un peldaño por debajo de éstos. Ganador de 3 Grand Slams, de la Copa Davis y Oro olímpico en Pekín 2008, es junto a Juan Martín del Potro el único que ha ganado, al menos tres veces, a todos los integrantes del Big-Four. Esta semana, con la misma ilusión que lo hizo en 2006, se ha plantado en la final del ATP250 de Umag, en Croacia. La suerte que tuvo hace 17 años cuando Djokovic se retiró lesionado en el desempate del primer set, hoy le ha sido esquiva ante Alexei Popyrin. Stan seguirá intentándolo, como ha hecho durante toda su carrera, poniendo de manifiesto una extraordinaria capacidad para perseverar en el intento.
Con su palmarés resulta complicado entender qué hace, rozando la cuarentena, luchando aún por todas las superficies del circuito como un jovencito ilusionado por alcanzar su primer título ATP. En Umag alcanzó su primer título ATP y, esta tarde, buscaba el 17º. Enfrente, un imberbe australiano que, aunque ya se había estrenado en 2021 con su victoria en Singapur, trataba de aguarle la fiesta al helvético. Tras un igualado primer set que se decidió del lado de «Stan, the man», como se le conoce en el circuito, el joven australiano no se arrugó e inició una remontada que dejaba en el luminoso un 6-3, 6-4 tras una lucha encarnizada.
Wawrinka, al igual que le ocurre a Murray, continúan en el circuito en puestos muy alejados de los que un día visitaron. La motivación que tienen por mejorar es infinita y siempre está presente cada vez que saltan a la pista. El suizo, si por casualidad se olvidara de esta consigna, decidió tatuarse en el antebrazo izquierda la famosa frase atribuida al dramaturgo irlandés Samuel Beckett: «Siempre intentaste. Siempre fallaste. No importa. Intenta otra vez. Falla de nuevo. Falla mejor». Hoy, en Umag, ha fallado, es posible que la semana que viene en otra parte del mundo, en su siguiente torneo, falle mejor, pero nunca nadie podrá achacarle que no lo intentó.