El nórdico llega a su segunda final de Roland Garros tras vencer, con relativa facilidad, a Zverev. El alemán vuelve a toparse, por tercer año consecutivo, con la penúltima ronda del Grand Slam de la tierra batida. Ruud contará con el apoyo de toda la afición española para que Djokovic no supere a Nadal en Majors.
Ruud no es una puesta de sol en una paradisíaca cala de una isla griega, ni el aleteo de un ave tropical de colorido pelaje, ni siquiera el paisaje virginal de verdes campos sólo limitados por caudalosos ríos de aguas transparentes. Qué va, el Ruud que conocemos es un muro de hormigón grisáceo, de esos que recubren fríos edificios, es uno de esos esforzados trabajadores que cada mañana corren por los andenes para no perder ese gigante de hierro que te lleva a la fábrica. Casper es de polígono industrial y cadena de montaje. No todo el mundo está dotado con esa capacidad, sólo reservada para un puñado de elegidos, para crear belleza de cualquiera de sus acciones con el fin de que todos podamos deleitarnos con su contemplación. Quizá, por todo eso, tenga aún más valor lo que está haciendo este vikingo del tenis, sacando de cada entrenamiento, de cada torneo, de cada punto, de cada golpe… una pizca de ilusión que le hace luchar por lo más grande que puede tener un obrero de la raqueta. Esta tarde, en la Phillipe Chatrier, ha tenido una jornada laboral sin novedad, un turno tranquilo en el que ha vencido a Zverev sin problemas. El trabajo está bien hecho y el domingo el producto sale a la venta.
Ruud llega a su tercera final de un Grand Slam en tan sólo un año. Dos en París y una en Nueva York. Se podría decir que en esta ocasión lo ha hecho por incomparecencia de Zverev. Al noruego le bastó con imponer su ritmo de juego para que el gigante alemán encendiera las luces de emergencia y se apartara al arcén para ceder el paso. La recuperación de la lesión, que se produjo hace exactamente un año, le ha devuelto al mismo lugar donde se quedó clavado en aquel maldito giró de tobillo ante Nadal, pero claramente con un nivel muy inferior al que tenía. Casper ha quitado el velo que nos habíamos puesto todos, tras las esperanzadoras victorias ante Tiafoe, Dimitrov y Etcheverry, y a base de derechas con mucho peso y su habitual juego ordenado le ha dado una pasada vertiginosa al monoplaza germano: 6-3, 6-4, 6-0.
Los gurús del tenis han establecido desde hace un tiempo que, mofarse del tenis de Ruud, es una práctica entretenida. El objetivo que buscan estos salvadores de las esencias de lo bello es ridiculizar el trabajo frente a la inspiración. Éstos, ensalzando la excelencia de la improvisación, de la genialidad se equivocan porque no son capaces de apreciar la belleza que surge de los actos cotidianos, de la quietud de las enhiestas farolas o el perfecto desorden que se produce en la aleatoria distribución de las patatas fritas en su bolsa. En las cosas feas también puede haber belleza. Kyrgios encabeza esta pandilla de odiadores oficiales del aburrido tenista nórdico.
Mañana Casper tiene la opción de entrar en la historia del tenis, pero no en cualquier sitio, sino en ese reducido capítulo que recoge exclusivamente a los ganadores de Grand Slams. A este exclusivo apartado no se llega desde la nada. Ruud ya ha jugado más finales de Majors que Zverev o Tsitsipas y sólo una menos que Medvedev, quien ya conoce las mieles del triunfo con el USOpen de 2021. El año pasado Ruud completó una temporada extraordinaria que tuvo su broche con la final del Masters Finals ante Djokovic. Ese fue el último precedente entre los dos que acabó con clara victoria del serbio, pero antes hubo tres victorias más.
La afición española mañana animará al escandinavo como si fuera descendiente directo de Don Pelayo. En Mallorca, además, apelarán a que el aventajado alumno de la Academia de Nadal, preserve la tierra en la que 14 veces ganó el balear. Su equipo se conjura con mensajes positivos: por primera vez no se enfrenta a un español en la final de un Grand Slam y, tras cuatro enfrentamientos con Nole, tantos como derrotas, están seguros de eso que dicen que no hay quinto malo.
El tenista sin carisma, el del juego anodino, rocoso, constante, sin florituras, mañana puede realizar su mejor obra de arte, porque la excelencia, cuando se vuelve eficaz, ofrece también una extrema belleza que surge de la fealdad.
Efectivamente… el trabajo frente a la inspiración seran claves en el partido y si, los españoles confiaremos como nunca en el noruego, ahora bien, Nole sabe lo que se juega y me temo que los serbios hoy se llevarán el gato al agua.
Solo queda elogiar el sensacional torneo de Ruido, que ya se ha llevado por delante a unos cuantos aspirantes para plantarse en la final. Impresionante el noruego.