Djokovic se cuela en otra final tras la retirada de Medvedev, que estuvo a dos puntos de llevarse el partido. El serbio se enfrentará en la final ante Tsitsipas, quien se deshizo en tres sets de Rublev.
La primera víctima de todas la guerras es siempre la verdad. Las máquinas propagandísticas echan humo. La realidad de cuanto está ocurriendo en el frente ucraniano tiene dos caras, pero la que más conocemos, la de este lado, nos hace imaginar que son pocas las alegrías que ha debido tener en su 70 cumpleaños el despótico presidente ruso, Vladimir Putin. La retirada de las tropas rusas de algunas plazas de Ucrania ha sido el anticipo de la salida del ATP500 Nur-Sultan de Astana de sus dos principales generales: Dannil Medvedev y Andrey Rublev.
Las escaramuzas previas ya vaticinaban que algo no iba bien. El teniente Khachanov cayó a manos de la peor de las pesadillas de las huestes rusas, Novak Djokovic. El serbio se mostró sin piedad contra el moscovita en cuartos y hoy se presentaba ante el alto mando ruso para que le pasara factura. Y así lo hizo. La severidad del carácter de Daniil no dejó resquicio por el que Nole pudiera atacar. Las ráfagas de disparos de fondo de pista destrozaban la retaguardia serbia. Medvedev conquistó la plaza del primer set para demostrar que la artillería pesada era más efectiva que las escaramuzas de inocentes e inofensivas dejadas.
La guerra estaba servida. Los dos ejércitos sacaban toda su artillería pesada para regalarnos un segundo set de una violencia extrema. La superpotencia rusa parecía tener segura la conquista para el batallón ruso. Pero Djokovic aguantó hasta llevar la lucha a la muerte súbita. Un error de estrategia de Medvedev al dejar en la red una volea facilísima, que le hubiera puesto con punto de partido, le sirvió al serbio para resucitar. Sin el tiro de gracia en la frente, Nole se revolvió para poner las tablas en el frente. Lo que no sabía es que Medvedev se le acercaba para estrechar su mano y sacar la bandera blanca. El ruso se retiraba inesperadamente dejando el camino expedito para una nueva final de Djokovic.
En otro flanco del ejército ruso, el general Rublev lanzaba un ataque cruento contra Stefanos Tsitsipas. La contienda estaba claramente volcada hacia el pupilo de Fernando Vicente, 6-4 en el primer set, pero olvidó que hasta el rabo todo es toro. La ayuda de los dioses del Olimpo griego rescataron a un Tsitsipas que apeló al equilibrio de cuerpo y mente que tanto usaron sus antepasados para darle la vuelta a las hostilidades. La irascible actitud del oficial ruso, que previendo la derrota llegó hasta infringirse el duro castigo de su arma contra sus rodillas, hasta hacerlas sangrar. Rublev acabó aceptando la retirada a vestuarios con la sensación de haber dejado pasar otra oportunidad por delante.
Hoy, la propaganda rusa dirá que Daniil padeció calambres que le impidieron continuar porque las zapatillas de esa empresa francesa que le patrocina las había saboteado para provocarle esos males, o que algún extraño mejunje le echaron en la bebida a Rublev para sacar toda esa alienante rabia que lleva dentro. Lo que no dirán los medios ruso es que Dios es justo y no ha querido que los triunfos de sus tenistas pudieran ser un regalo de cumpleaños para el sátrapa de Vladimiro.
Buena…. Muy buena esta crónica de los acontecimientos sucedidos en los últimos cruces de rusos y resto de mundo.
Por justicia el cumpleaños de su mandatario no tendrá el regocijo de una victoria de sus representantes….. Aunque quiero suponer que si el resultado hubiera sido diferente… Sus representantes no desearían que ese personaje lo considerará un regalo.
Estoy seguro que los tenistas rusos no apoyan la causa de su presidente.
Muy buena la crónica política. ¡Y la tenística!
Brillante artículo. Brillantisimo y muy atinado
La justicia poética tuvo a bien dirimir lo que ningún torneo se atreve a hacer. El tenis no puede ser ajeno a la política internacional y, si han sido capaces de hacer que todo un N⁰1 como Djokovic no jugase por no ponerse la vacuna, deberían mojarse en el tema ruso y suspender a sus jugadores como medida de presión.