Djokovic-wimbledon-2022

El torneo con más prestigio del circuito no merecía que un excéntrico australiano engrosara las listas de ganadores de Wimbledon. El serbio alcanza su 7ª victoria sobre la hierba londinense y su 21º Grand Slam, uno menos que Rafa y uno más que Roger.


Nunca podrá Inglaterra agradecer a Djokovic haber salvado el buen nombre de una de las pocas instituciones que aún quedan limpias en la pérfida Albión. Con una Cámara de los Comunes de la que está costando sacar a ese despeluchado bufón que tanto ha disfrutado durante el confinamiento, con una monarquía que sólo se mantiene por la impecable figura de su longeva majestad, con esa obsesión por vivir de espaldas al continente que les lleva a conducir al revés, tener unidades de medida diferentes y hasta perpetrar un inexplicable Brexit, sólo el más antiguo de los torneos de tenis del circuito se salva de la quema. Si esta tarde Djokovic no lo hubiera evitado, Wimbledon habría sido ultrajado por un personaje muy alejado de los valores del tenis que defiende el All England Lawn Tennis y Croquet Club.

El torneo más prestigioso y elitista del mundo ha tenido que soportar que el más irreverente, maleducado, provocador y desaliñado jugador del circuito se cuele en la final. Las circunstancias han contribuido a ello. La última, y más determinante, la lesión abdominal de Rafa Nadal que, no sólo ha permitido que el arrogante australiano se colara en un sitio que no le corresponde, sino que nos ha impedido ver la final soñado en la catedral del tenis.

Djokovic ha saltado hoy a la central de Wimbledon pensando en Nadal. La tensión por recortar la diferencia en Grand Slams era su única motivación. No es poco. Ese vértigo a no aprovechar una ocasión tan pintiparada ha sido la que ha atenazado su juego en la primera manga para que el desordenado jugador aussie se aprovechara y pusiera el set en su marcador haciendo valer un tempranero break.

Algunos se las prometían felices en el palco de Nick, en el que no paraban de levantarse y sentarse, flexionando más sus cuerpos de lo que lo hacía Kyrgios sobre el ya inapreciable césped. Nole ha empezado a ordenar su juego y, sobre todo, a esperar que se produjera la primera desconexión neuronal en esa cabeza, un erial sólo útil para sujetar gorras que se colocan al revés de para lo que un día fueron creadas. Valle Inclán no hubiera tenido piedad al describir al personaje australiano de absurda visera levantada y emborronada piel de mal estudiante frente a un examen para el que apenas ha estudiado.

El tercer juego del segundo set fue el punto de inflexión. Djokovic destapaba su tarro de las esencias al resto y alargaba los puntos hasta devolver a Kyrgios a su realidad, la de un talentoso jugador incapaz de proponer una alternativo a su juego de saque y golpe ganador. El serbio se impuso 6-3 en el segundo set y demostró al australiano que, para arrebatarle este Grand Slam, debería ser fiel a su esencia, y eso está sólo al alcance de los más grandes del circuito, un espacio que jamás ha ocupado Kyrgios…, ni se le espera.

Nick no se reconocía en una cita de tanto nivel. Nole cogía carrerilla y rompía un nuevo servicio de Kyrgios para hacerse con el tercer set. Para ese momento, el australiano que ha logrado llegar a la final de Wimbledon ya se había ido de la pista y sólo quedaba el personaje, ese esperpento de jugador que no ha parado de reprochar a su box la responsabilidad de su juego errático e indisciplinado. El jugador que consiguió desactivar a Tsitsipas, que frenó la fuerza de Nakashima y que no hizo aspavientos para superar a Garín había desaparecido en cuanto llegó la primera oportunidad de trabajar el partido para llevar a Nole a situaciones complicadas. Las absurdas quejas al juez de silla, el desorden de su silla en la que se mezclaban cáscaras de plátano, botellas usadas y raquetas tiradas, así como las innumerables toallas descolocadas en los soportes de los fondos de la pista eran la fiel imagen del caos cerebral de Kyrgios.

En el otro lado, Djokovic puso la directa. Le bastaba con que el personaje se fuera autodestruyendo poco a poco, sin necesidad de que el hiciera nada. La concentración del serbio se puso de manifiesto en la muerte súbita del cuarto set, el definitivo. Un error no forzado en una derecha sencilla fue su único lunar. Concentrado al resto y dejando que Kyrgios tirara la pelota fuera de los límites bastó para que Djokovic levantara su séptimo Wimbledon, cuarto consecutivo.

En España, muchos seguidores al tenis deseaban hoy la victoria del australiano pensando más en la lucha por el GOAT con Nadal que en la verdadera esencia de este deporte. No seré yo quien critique los deseos de cada uno, pero sí me gustaría que pensáramos en nuestro deporte y nos diéramos cuenta de que, los valores que emanan de él, no son los que difunde Nick Kyrgios. Djokovic ha salvado al tenis del circo al que Kyrgios lo quiere llevar. Nadal por sí mismo sabrá defender su liderazgo en la historia del tenis. De momento supera en uno a Novak, en dos a Roger y en 22 a Nick.

Francisco Viso. Periodista

Por Fran Viso

Periodista. Un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad

4 comentarios en «DJOKOVIC SALVA EL PALMARÉS DE WIMBLEDON»
  1. Un día más y otro torneo más en el que Kirgios se hace NOTAR por su mala conducta. Creo que con sanciones de dinero no se cura, hace falta darle un buen escarmiento a otro nivel. Éste (deportista) no tiene mucho respeto por este deporte.

  2. No todo vale en este deporte y hoy tal y como se expresa en la acertadisima cronica de una final… En hierba/tierra ha ganado el TENIS… y todos los enamorados de ese deporte… Podemos aguantar ciertas posturas en ocasiones de algunos jugadores no apropiadas para este nuestro deporte… Pero por suerte este irrelevante e irrespetuoso personaje no figurará en la historia de los campeones de Wimblendon… solo nos faltaba eso…

  3. Final en la que si me preguntan habría preferido que perdiesen los dos. Más allá de lo deportivo, Kyrgios vuelve a marcharse de un torneo con una buena acumulación de multas, aunque parece que no le duele mucho el bosillo. Para pensarse nuevas sanciones deportivas que lo amedrenten de mostrar semejante conducta.

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