El serbio alcanza su octava final en Wimbledon al superar, con relativa facilidad al local Norrie. Nadal opta por la opción conservadora y se retira de Wimbledon por su lesión abdominal dejando a Kyrgios el camino despejado.
Nole no está para tonterías. Apartado de Australia, y supuestamente del US Open, por su decisión de no cumplir con las pautas de vacunación, y apeado de Roland Garros por el Rey de la Tierra, Djokovic apura sus opciones de ganar un Grand Slam en 2022. Hoy, sobre el pasto de la pista central del All England Tennis Club, el serbio ha tirado de oficio para superar al local Norrie y a un público ni tan selecto ni tan educado como se le presume.
Aún así, Djokovic entró en la pista más tenso de lo habitual para alguien curtido en mil batallas similares. Norrie era la primera vez que visitaba unas semifinales de Grand Slam, Nole lo ha hecho más de 40 veces, 10 de ellas sobre la hierba londinense. El público llevaba en volandas a un Norrie que ni en sus mejores sueños se hubiera imaginado llegar tan lejos. El británico es un gran jugador, con una trayectoria en claro ascenso, pero verlo en la final de un Grand Slam, a día de hoy, resulta sorprendente. No obstante, las dudas del serbio y esa responsabilidad de saber que todo pasa por Wimbledon, le hicieron encajar cinco juegos consecutivos para perder la primera manga por 6-2.
El educado público inglés puso en riesgo sus almidonados trajes, recién planchados, con aplausos y vítores que no acostumbran a perpetrar. Pero la desacostumbrada euforia provocó el efecto contrario al que se pretendía. Lejos de catapultar al local, enfureció al foráneo. Nole pareció exigir más respeto para alguien que ha ganado 6 veces en Wimbledon y, en esta ocasión no iba a permitir que, como en la final de 2013 ante Andy Murray, un británico le deje fuera del título londinense. Tras el 2-6, del primer set, Nole superó en todo momento a un Cameron Norrie que se hizo pequeñito frente al serbio: 6-3, 6-2, 6-4. No podía ser de otra manera.
Su rival en la final será Nick Kyrgios tras la retirada de Rafa Nadal por la lesión abdominal que arrastra y que no le impidió perpetrar su enésima gesta deportiva en cuartos. El balear ha preferido no poner en riesgo el futuro en la temporada y dejar el camino despejado para un desconocido Kyrgios que ha abandonado al personaje para llegar a la final de Wimbledon.
El domingo el serbio luchará única y exclusivamente contra los 22 Grand Slams de Rafa Nadal, pero el abandono del español, hará que no sea él quien intente evitar que el serbio reduzca distancias en la lucha por el GOAT, sino un irreverente australiano que pisa por primera vez una final de Grand Slam a pesar de tener tanta calidad, como falta de profesionalidad.
Una vez más, nos hemos quedado sin el mejor partido de la historia. Todos soñábamos con una final en un Major de Nadal contra Djokovic, que ya no podremos ver, al menos, en 2022. La alternativa no es lo mismo, pero de lo que había, tampoco está mal. Lucha de estilos y de forma de interpretar el juego. Djokovic juega su octava final, sólo ha perdido la citada de 2013, y su pasión por la hierba ya sólo es superada por Federer. El elitista público de la catedral del tenis seguro que preferirá ver la séptima victoria del serbio antes que, un personaje con la gorra para atrás, sin espacio en la piel para más tatuajes, camiseta sin mangas, zarcillos en las orejas, gestos antideportivos e incontinencia verbal, se convierta en un gentleman del tenis.