Sólo dos de los 10 primeros cabezas de serie de Roland Garros continúan en la competición. Zverev parte como principal favorito para ganar su primer Grand Slam y, cualquiera cosa que no pase por una victoria del alemán, se contará como un nuevo fracaso del germano en su palmarés. El otro favorito, Auger-Aliassime, busca sus terceras semifinales en un Grand Slam, tras las dos anteriores en el US Open. En medio de toda esta vorágine de sorpresas, el tenis italiano sigue liderando el circuito profesional con tres de los ocho supervivientes en la tierra parisina: Cobolli, Berrettini y Arnaldi. Lo más significativo es que ni Sinner ni Musetti están entre los elegidos.
Los cuartofinalistas de este RG de 2026 han pisado menos, las rondas finales de un Grand Slam, que el Maestro Azagra su despacho de la Oficina de Artes Escénicas. El proceso de selección de estas 8 plazas privilegiadas de la administración del tenis sobre tierra batida ha sido mucho más duro que una simple búsqueda en Google en lo que uno se toma un café. En el tenis, no sólo no existe el teletrabajo, sino que, en 32 de los 124 partidos que llevamos de torneo, los trabajadores de la raqueta han permanecido en la oficina más de 4h para jugar cinco largos sets que han acabado por seleccionar un grupo de tenistas que ninguno hubiéramos acertado hace una semana.
Esta edición del Grand Slam de la tierra batida está siendo más convulsa que las últimas semanas en casa de ZP. Todos esperábamos que iba a ser recordado por tratarse del primer RG de Sinner, con el que cerraba el círculo de grandes torneos en sus vitrinas, pero lo va a ser por el extremo calor, las despedidas de Monfils y Wawrinka, la confirmación de que Djokovic no da para más y la explosión de una nueva generación de tenistas encabezada por Fonseca, Mensik y Jódar.
Desde hace más de cuatro décadas, la Federación Francesa de Tenis lleva opositando por un Grand Slam, principalmente este de la tierra batida parisina. Aquí, la tan cacareada prioridad nacional no funciona. Ni un solo gabacho se ha colado en la segunda semana. A la ausencia de última hora de Fils, su mejor baza actual, se han sumado las malas actuaciones de Rinderknech, Humbert, Moutet, Mannarino o Atmane. A lo único que se pueden agarrar los vecinos del norte es a la ilusionante irrupción de Moïse Kouamé, un jovencito de 17 años que se ha convertido en la enésima esperanza del tenis galo al llegar a la tercera ronda del torneo.
En cuanto a la participación española, hay que destacar la entrada en el cuadro principal de Mérida y Llamas, la despedida de Bautista y la vuelta a los buenos resultados de Landaluce y Pablo Carreño, este último, superado en octavos por la explosión definitiva de Rafa Jódar, quien no ha podido llegar en mejor momento. Con la lesión de Alcaraz, la afición española ha encontrado una nueva ilusión para crear esa secuencia mental que todos tenemos y que discurre de Nadal a Alcaraz y de éste a Jódar para no dejarnos nunca huérfanos de oportunidades en el Bois de Boulogne.
En el tenis no existe el trato de favor. Sinner, Djokovic y Ruud se han perdido en el camino hacia su Oficina de Artes Escénicas. Estas ausencias son las que explican que la plebe ande más preocupada por la llegada del Papa, por los conciertos de Bad Bunny o los registros de la UCO que por el torneo que más atención ha generado entre los aficionados españoles desde tiempo inmemorial. Eso sí, como mañana Jódar gane a Zverev, no va a haber Sumo Pontífice, reggetonero o expresidente del gobierno que le quite el protagonismo a la nueva perla del tenis español. ¡Vamos, Rafa!