El jugador estadounidense consigue su primer Master1000 al imponerse en la final a Khachanov por 6-7, 6-4, 7-6. El tenista ruso no se metía en una final de un torneo de esta categoría desde hace siete años, cuando ganó París-Bercy ante el mismísimo Djokovic. Shelton se convierte en el tercer jugador de la temporada que se estrena en títulos Master1000, tras las victorias de Draper en Indian Wells y Mensik en Miami.
Empiezo a estar cansado de las serpientes de verano. Estos días nos torpedean con irrelevantes noticias acerca del calor en verano, del robo de un reloj a un arquitecto en plena calle, de la subasta de una piedra del Acueducto de Segovia o con las compras que la presidente de Madrid hace en el Covirán. A quién le importa todo eso. Mejor sería que el mundo se parara, directamente, mientras estamos de vacaciones, antes que contar obviedades. Pero, entre ola de calor que asolan el sur de España y recomendaciones para estar hidratado, creo que poco se está hablando de cómo un emisario de Trump ha conquistado el Master1000 de Toronto en lo que puede ser una avanzadilla del oscuro interés que el pelirrojo tiene con Canadá.
Truddeau ha confiado la defensa de su país en manos de los Shapovalov, Aliassime y Gabriel Diallo, pero ninguno de los tres ha estado a la altura de las circunstancias. Así las cosas, los norteamericanos del norte han elegido a un robusto ruso para defender sus intereses frente a Ben Shelton, un marine de Atlanta que apunta alto en el circuito.
Aunque la final no ha sido la de un Grand Slam, ni protagonizada por Sinner y Alcaraz, la final que hemos visto esta noche entre Shelton y Khachanov se le aproxima mucho. Dos primeros sets muy igualados que se decidicieron por detalles y que cayeron de forma equitativa en el marcador. Todo habría de dirimirse en el tiebreak del tercero, donde la agresividad de Shelton se impuso a la eficacia y sobriedad del ruso. El norteamericano se une así a ese grupo de promesas que aspira a recoger las migas que vayan dejando Alcaraz y Sinner, mientras Khachanov reverdece laureles en su madurez para intentar superar o igualar triunfos pasados.
Bajamos de Toronto a Cincinatti. La secuencia de noticias absurdas que, en cualquier país sensato, no merecerían este reconocimiento, infecta también al deporte. Eventos deportivos de gran calado quedan opacados por la serpiente del mercado de fichajes futbolísticos, que apuesta por llenar portadas con la degradación de Ter Stegen de la capitanía culé a la reserva pasiva, o la supuesta calidad del último fichaje del Madrid, que casualmente se llama Mastuontuno. Pues eso, que aquí ya no cabe un tonto más, pero en Toronto sí.