Estábamos preparados para la tercera final consecutiva entre Alcaraz y Medvedev pero sus rivales, Draper y Rune, plantearon sendos partidos cargados de aciertos y estrategia para regalar un nuevo campeón en el primer Master1000 de 2025. El murciano rompe una racha de 15 partidos consecutivos ganados en Indian Wells. Medvedev se ve superado por la estrategia de un Rune más centrado de lo normal
Decía Dalí que «la diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco». Está claro que la locura es una realidad no compartida. Es la sociedad actual, en la que resulta complicado salirse del patrón que el sistema nos ofrece, resulta gratificante encontrar ciertas patologías tenísticas que se alejan de lo homogéneo, como las de Medvedev y Alcaraz. Esta vez, la genialidad que mueve sus carreras ha sufrido una profunda desconexión que les va a impedir citarse, por tercera vez consecutiva, para dirimir el ganador de Indian Wells.
El Determinismo es una doctrina filosófica que se basa en el principio de causalidad, o sea, que nada sucede al azar. El juego de Alcaraz sólo responde a unos hilos controlados por Dios o por algún fenómeno del Universo que desconocemos. Esta es la causa por la que podemos explicar que, cuando ha querido darse cuenta de que estaba jugando la semifinal de Indian Wells, ya perdía 6-1. Acostumbrado a jugar con un molesto viento californiano, a Carlitos parecía «haberle dado un aire».
Dicen que los genios tienen la capacidad innata de elegir, entre millones de tonalidades, el color exacto que hay que aplicar en un lienzo, o apreciar la nota exacta gracias a un oído absoluto sin necesidad de mirar una partitura. Alcaraz dibujó, en el segundo set, una sinfonía perfecta para colocar un 6-0 en el marcador, que sonaba a tercera final consecutiva en el desierto californiano. Pero, si algo le falta a los genios, es continuidad. Es como si se aburrieran de la perfección y necesitaran explorar espacios no reconocidos en los que, no están libres de encontrarse fieras tan peligrosas como las de Draper, quien, con dos roturas a favor en el tercer set, más fruto de las desconexiones murcianas que de su propio acierto, acabaron relegando la genialidad al trabajo: 6-1, 0-6, 6-4.
Antes, en la primera semifinal, Rune se vengó de los cuartos de final del año pasado, dándole de su propia medicina al ruso. Lo de Medvedev es un trastorno del comportamiento, sobre una pista, realmente preocupante. Sin golpes realmente extraordinarios, pero dotado de una mente privilegiada ha logrado ser uno de los tenistas más laureados de la última década. Su aspecto desaliñado y lenguaje corporal poco cuidado resultan incomprensibles, en ocasiones. Quizá en otra vida pueda entender por qué se seca el cuerpo con la misma toalla que, previamente, ha adornada con sus generosas mucosidades. Ante Rune, acabó desesperado, atrapado en una maraña de bolas altas, cambios de ritmo e intercambios cortados que volvieron loco de su cotidiana rutina a este Don Quijote con raqueta: 7-5, 6-4.
El viento ha sido utilizado en muchas ocasiones como metáfora de la locura. Incluso hay estudios científicos que acaban relacionando ambas circunstancias. En Indian Wells el viento es, siempre, espectador de primera fila del espectáculo. En las semifinales de Indian Wells 2025 no ha habido ese molesto viento que sopla en el desierto californiano y que sólo controlan los genios. Por eso, tendremos que conformarnos con los nuevos aires que llegan de Inglaterra y Dinamarca. El viento y los genios no siempre soplan en la misma dirección, aunque en Indian Wells llevábamos dos años tan agustito con la brisa murciana.
DETERMINANTE el artículo que nos ofrece en esta ocasión nuestro querido cronista del tenis.
No soy amigo de fomentar discrepancias pero podría llegar a encartarme el hecho de polemizar.
No creo que el murciano sea un genio pero dadas las multitudes de seguidores que ayesora, yo, estaré en un error.
Dicho lo cuál, parece ser que hay quien opina que «el juego de Alcaraz sólo responde a unos hilos controlados por Dios o por algún fenómeno del Universo que desconocemos» y otros que pensamos que una vez más al murcianico «le ha dado un aire».
Para gustos, los colores.