El vigente ganador del torneo, y máximo favorito para los expertos, cayó ante un acertado Medvedev, quien decidió cambiar la estrategia de su juego, con respecto a los enfrentamientos previos con el murciano. Alcaraz reconoció su falta de madurez para gestionar este tipo de partidos. En la otra semifinal, Djokovic cedió el espectáculo a su rival, a cambio de la rentabilidad necesaria para finiquitar en tres sets a Shelton, revelación de este USOpen 2023. El serbio buscará el domingo su 24º Grand Slam y agrandar, aún más, la diferencia con Nadal en su lucha por ser el mejor tenista de todos los tiempos.
La juventud es una enfermedad que se cura con los años. En estos días que vivimos, solemos ocultar a las nuevas generaciones los duros reveses que ofrece la vida cotidiana con la sana intención de evitarles un sufrimiento. Cualquier escusa, también, nos sirve para desviar la responsabilidad en los fracasos que hubieran podido tener. A decir verdad, metemos a nuestros jóvenes en burbujas que, cuando se rompen, quedan expuestos a un mundo mucho más hostil del que jamás hubieran imaginado. Está desconexión con el mundo real refuerza sus egos, hasta el punto de minimizar los valores, que el paso de los años, ha marcado a fuego en quienes pisaron por donde ellos, pero hace ya algunos años. Esa osadía que revela la falta de años, deja actos de insolencia que no siempre son bien recibidos por los mayores. En las semifinales del USOpen, dos criaturas que casi no suman los años de Nole, se han tenido que tragar su excesos de gloria, e incluso, vigor, ante la serenidad de dos grandes competidores que han puesto el partido en el sitio en el que ellos querían.
Carlitos Alcaraz llegaba al partido crecido, como un niño que llega a casa con unas notas extraordinarias y espera la aprobación y vítores de sus padres. ¡Qué digo padres!,… de la familia, e incluso, el vecindario entero. Sólo una derrota en partidos de Grand Slam desde que cayera en Wimbledon de 2022, aclamaciones del público estadounidense por la espectacularidad de su juego, presencia de grandes estrellas entre el público que acuden para ver el «show Alcaraz»…, así llegaba el murciano a estas semifinales del USOpen. Para colmo, enfrente, un rival que ya conoce bien y al que en este 2023 había superado con aplastante facilidad en la final de Indian Wells (6-3, 6-2) y en la semifinal de Wimbledon (6-3, 6-3, 6-3). Todo tenía visos de que no podía salir mal.
Pero…, las notas veían con una advertencia, manuscrita por el profesor en color rojo, que decía: ¡Cuidado, no confiarse el año que viene porque cada curso empieza de cero! La inercia del zagalico de El Palmar nos dejó un primer set en el que fue, escandalosamente superior al del desaliñado Medvedev. El repertorio de golpes de Alcaraz dejaba boquiabiertos al público neoyorkino, acostumbrado a películas de ciencia ficción. Los servicios del murciano caían de su lado con facilidad, mientras el ruso sufría para alcanzar el suyo. Medvedev, colocado al fondo de la pista como si de un extinto juez de línea se tratara, se dedicaba a meter siempre una bolita más. Sólo el tie-break podía decidir quién iba a ser el dueño del set: la espectacularidad o la templanza. Ahí empezaron los problemas. Tras un intercambio de miniroturas de servicio, Alcaraz buscó una dejada de revés como lacito a un punto que ya tenía prácticamente hecho. Necesitaba la gloria a un set perfecto, pero el fallo encadenó un par de errores posteriores y que el set, inexplicablemente cayera del lado de Daniil con un 7-5.
El rostro de Alcaraz cambió. Su sonrisa se ocultó y su lenguaje corporal perdió la lozanía habitual. Con esa cara triste se podría haber sentado en el box de Medvedev sin desentonar un ápice, al lado de Gilles Cervera y la propia señora Medvedeva, que parecía que hubieran acabado de llegar de un sepelio, eso sí, vestidos como de andar por casa. La segunda manga la gestionó el ruso a su antojo, a la velocidad que a él le gusta imponer en los partidos. Un par de botes antes de sacar y ace al canto. Descolocado todavía, Carlitos suspendía en uno de sus servicios, dejando la asignatura de este set para un milagro de remontada en septiembre. El 6-1 dolía en el expediente de un alumno aventajado, así que, se puso a estudiar.
Alcaraz se aplicó y vio que con el temario de Medvedev ya no podía vivir de las rentas. El ruso había preparado bien el curso tras los fracasos de Indian Wells y Wimbledon. Juan Carlos Ferrero reconducía la euforia de Carlitos, dejándole arriesgar pero obligándole a cerrar los puntos de break, quizá, el punto más débil del juego del tenista español. Un aclamado break devolvía la cordura al partido y despertaba los sueños de los somnolientos espectadores españoles. No era sólo el 6-3, sino la sonrisa.
Alcaraz ya iba de carrerilla, como los niños empollones que cantan las tablas de multiplicar a una velocidad de vértigo. Todo iba rodado y Medvedev, con ese aspecto despeluchado y la barba descuidada, empezaba su ritual de gestos de desaprobación al público y excentricidades en su banquillo. Pero el break de Carlitos no sólo no llegaba sino que, cuando menos lo esperaba, el lobo estepario salió de su guarida y en un visto y no visto, dos restos profundos y un par de errores no forzados quebró el servicio de Alcaraz para colocarse con el suyo para ganar el partido. Hasta tres veces necesitó el ruso para ganar el match ball, empeñado en jugarse el segundo servicio. El resultado dejaba claro que la experiencia, madurez y templanza que ha demostrado Daniil Medvedev, le hacían merecedor de un pase a la final que el español dejó perder por su exceso de euforia a la hora de gestionar momentos importantes en partidos como la semifinal un de Gran Slam.
En la otra semifinal, tres cuartos de lo mismo. Shelton maravillaba a su público que veía en él y en su juego la resurrección de un ídolo como John McEnroe. Los gestos de euforia, y la forma de pedir al público que le animaran, no hacían más que motivar a un Djokovic que, poco a poco, sumaba en el marcador lo que el joven Ben se llevaba en aplausos. Pero las ovaciones no cuentan. Deberían habérselo explicado al norteamericano en algún momento. Con un 6-3, 6-2, 7-6 el serbio decidió colgarle el teléfono a Shelton, que se había pasado todo el torneo haciendo este gesto. A Nole le encantan estas absurdas batallitas.
El proceso de crecimiento que estos jóvenes deben seguir no va tanto en lo que sus profesores les enseñan, sino en lo que ellos aprenden. El entrenador de Shelton, o el mismísimo Juan Carlos Ferrero, hacen una labor extraordinaria para mejorar este o aquel golpe, esta aquella colocación del cuerpo para golpear de una forma ideal, pero, son los propios jugadores los que deben aprender a priorizar en sus cabezas la importancia del resultado y la fugacidad del aplauso.
Bendita esa enfermedad de la juventud. Pero yo quedo algo contrariado porque pudiendo hacer buen partido se desconecta y se ríe de sus propios fallos hasta que ya no puede volver porque el contrario está jugando más serio y profesional. Confío que con la edad y los consejos de FERRERO no tenga estos partidos(ahora está abatido y decepcionado por su juego)
Estamos observando en algunos enfrentamientos de estos futuros componentes de la élite tenistica mundial que la juventud dándoles cualidades importas antes para el desarrollo de su juego, fayan en el aspecto mental, cosa que tanto los entrenadores como el paso del tiempo probablemente conseguira
Buen articulo de nuestro periodista de cabecera
Estamos observando en algunos enfrentamientos de estos futuros componentes de la élite tenistica mundial que la juventud dándoles cualidades importas antes para el desarrollo de su juego, fayan en el aspecto mental, cosa que tanto los entrenadores como el paso del tiempo probablemente conseguiran
Buen articulo de nuestro periodista de cabecera