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En los días previos a que el circuito se traslade a Montecarlo, para iniciar el cuadro principal del primer Master1000 de tierra batida, hemos vivido: la decisión de Nadal de no acudir a la cita por la mala relación que mantiene, últimamente, con su cuerpo; el abandono de Alcaraz antes de saltar a la pista, arguyendo molestias en el antebrazo y la enésima derrota de Thiem en la fase previa. Los tres casos evidencian que, en el tenis, como en la Naturaleza, se pasa demasiado rápido de la plenitud a la muerte.


El ser humano es la única especie que habita sobre la Tierra que, siendo consciente de que tiene fecha de caducidad, desconoce la fecha de su muerte. Este importante detalle le hace vagar por el mundo con un preocupante exceso de alegría, fruto de su propia ignorancia. En el tenis, ocurre lo mismo. Ningún jugador sabe cuando colgará la raqueta y, sólo en contadas ocasiones, la decisión tiene que ver con una cuestión meditada más que por una exigencia física. El Master1000 de Montecarlo nos enseña alguno de estos casos de «Last Dance» con raqueta.

Solemos quejarnos, con demasiada frecuencia, de los achaques que nos van saliendo con la vejez, pero olvidamos que, muy probablemente, de haber nacido unos siglos antes, no padeceríamos ninguna de estas patologías porque ya estaríamos criando malvas. La opacidad del cristalino que empezamos a notar los humanos a partir de los 60 es una enfermedad que nadie padecía cuando la esperanza de vida apenas superaba los 50. En el deporte actual, casos como el de Nadal, con casi 38 años y al máximo nivel competitivo, son cada vez más habituales, ahora bien, eso supone que, como les ocurre a los animales domésticos, ya no se trate de una vida natural, sino asistida. Rafa lucha cada mañana contra el paso del tiempo porque sabe que, la vejez es un estado y el envejecimiento un exitoso proceso por el que ya ha pasado. Ahora, el balear, como hacen los viejos elefantes, inicia la ruta para elegir el sitio adecuado en el que morir. Todos sabemos que este lugar está cerca de París, la plaza en la que la vida le ha dado más alegrías, concretamente en el Bois de Boulogne. Sólo nos queda por saber si será en mayo, durante la disputa de Roland Garros, o, en julio, en los Juegos Olímpicos, luchando por una medalla para España.

También es cierto que, además de sufrir enfermedades que no deberíamos padecer porque ya tendríamos que estar muertos, otras veces, es nuestra cabeza la que deja de luchar porque entiende que ya ha conseguido los objetivos para los que estuvo programada. Basta una desconexión, como la que tuvo hace ya casi cuatro años Dominic Thiem, justo después de lograr su mayor éxito (USOpen 2020), para darse cuenta de que todo depende de dos verbos: competir o cooperar. En la juventud todo es cooperación y facilidades. Con los años, todo se torna más complicado para reengancharse a una competición que exige una flexibilidad, una fuerza y unas ambiciones que Thiem ya no tiene. Ahora, tras caer claramente en la primera ronda de Montecarlo ante Roberto Bautista, el austriaco empieza a plantearse seriamente si tiene sentido seguir compitiendo en un circuito cada vez más exigente, diseñado, como todo, para los mejor adaptados.

Eso sí, no todos los casos de la fauna tenística tienen que ver con la decrepitud. De la misma forma que la gacela, que puede correr a 100 kilómetros por hora, en cuanto pierde algo de velocidad probablemente tarde poco en dejar de contarlo, porque sus depredadores no tendrán problemas en alcanzarla, los grandes jugadores de tenis, en cuanto pierden algo de acierto en su juego por falta de confianza, problemas físicos o bloqueos mentales, son depredados por otras bestias de su ecosistema. Bien lo sabe Alcaraz y su equipo de trabajo, que han evitado sacarlo de su jaula del circo monegasco para protegerlo de sus competidores más fieros. Ahora, con la vista puesta en el Godó, preparan, hasta el último minuto, la puesta a punto, para salir a la sabana barcelonesa de tierra batida, con las garantías suficientes de poder enfrentarse a especies tan peligrosas como las de los Sinner, Djokovic o Dimitrovs, que ya le han atacado en los últimos meses, provocando profundas heridas en el cuerpo del murciano.

El tenis es una metáfora perfecta de la vida, una vida que sabemos que es incuestionablemente finita y que, tratar de evitar que así sea, es una verdadera pérdida de tiempo. Aún así, no es plan de vivir una convalecencia perpetua, esperando constantemente la muerte, sino que, lo apasionante es que, a pesar de saber que tenemos los días contados, Nadal, Thiem y el propio Alcaraz son capaces de inyectarle una actitud positiva para conseguir los más altos galardones del tenis.

Dice el famoso antropólogo, Juan Luis Arsuaga, que: «todos tenemos dos vidas; la segunda empieza el día que te das cuenta de que sólo tienes una». Thiem y Nadal acaban de aprender que más allá del tenis también hay vida…, y, ésta, tampoco está nada mal.

Francisco Viso. Periodista

Por Fran Viso

Periodista. Un océano de conocimientos con un centímetro de profundidad

2 comentarios en «PLENITUD O MUERTE EN EL TENIS»
  1. A acabamos de leer un artículo con verdades incontestables.
    El paso del tiempo, afecta nuestras capacidades físicas y nuestro estado de salud.

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