Sólo ha competido en Brisbane desde hace más de un año, el balear se había marcado Montecarlo como cita clave para volver a las pistas, pero ha bastado con un «mi cuerpo no me deja», para que todos encendamos las luces de emergencia. En el horizonte, cada vez más cercano, Roland Garros y los JJOO de París que, a buen seguro, serían el colofón a una extraordinaria carrera deportiva dentro y fuera de las pistas.
Padezco una extraña enfermedad desde hace más de cincuenta años que no me preocupa lo más mínimo. Soy uno de esos optimistas patológicos que vagan por el mundo, de esos que piensan que siempre va a salir un coche de su aparcamiento justo antes de que pase yo para cederme el preciado lugar, de los que se enfrentan al diagnóstico del médico con la seguridad de que esos valores alterados en los análisis proceden de un lamentable error en el laboratorio o de los que están convencidos de que, en el supermercado, nunca les va a tocar uno de esos carritos con ruedas indomables. De esos soy yo. Pero, esta semana, cuando he leído el comunicado de Rafa Nadal borrándose de Montecarlo, se ha desvanecido, en un sólo momento, toda mi larga trayectoria de optimista platino.
Cada día que pasa, tengo más claro que, para triunfar en esta vida llena de adversidades, es conveniente mantener constantemente una perspectiva positiva, a pesar de las evidencias de lo contrario que se nos presentan constantemente. Eso es lo que pretende hacer Rafa ahora, cuando le toca escribir el último capítulo de su biografía deportiva. No hay que olvidar que Nadal es un afortunado de la vida y de este deporte y que, como los viejos elefantes, ahora transita voluntariamente hacia ese lugar en el que ha decidido ir a morir. Por eso, mucho me temo, que la tristeza y angustia que manifiesta todo el mundo del tenis no es compartida por un Rafa que, hasta en esto, acabará dándonos lecciones de cómo poner el broche a una ejemplar vida deportiva. Para ello, lo primero que debemos hacer es orientar mejor nuestra mirada y enfocar más hacia un pasado repleto de triunfos y un palmarés inigualable para el resto de los mortales. Sólo así, nos daremos cuenta de que no hay nada lamentable, ni de mala fortuna, en este epílogo seguido al milímetro por la afición del tenis, y la que no lo es.
Siempre he pensado que, como dice Alsina, el cortejo no es de periodistas. Ni siquiera, en este evidente caso que se presta, a la perfección, para el elogio fácil. Por eso, me atrevo a decir que Nadal no ha gestionado bien su vuelta. Tras el fracaso de Brisbane, en el que desplegó un gran juego pero acabó con una nueva lesión, acudió a la exhibición de Las Vegas como previa de borrarse de los Master1000 estadounidenses. Sus detractores, que también los tiene, no le perdonan que acudiera al compromiso económico y no se reservara para la competición. Las críticas se sumaban así a la polémica decisión de convertirse en embajador del tenis de Arabia Saudita, un país poco respetuoso con las políticas de género que nuestra progresía profesa.
Detalles que no empañan, en absoluto, una larga y exitosa carrera deportiva, Nadal ha desplegado sobre la pista un generoso catálogo de golpes que han sido letales para sus rivales: el servicio que ha ido mejorando con el tiempo, su derecha profunda cargada de efecto, su extraordinaria volea y una actitud impecable para sobreponerse a los problemas físicos que ha padecido. Ahora, en el ocaso de su carrera, lucha contra el problema de las lesiones como principal rival de su competición personal. A día de hoy, el marcador es muy desfavorable para el balear pero, tratándose de él, luchará hasta el final convencido de que este revés que la vida le pone por delante, no es superior al revés a dos manos que tantas alegrías le ha dado.
Cada uno lleva su cruz como buenamente puede. Lo de Nadal se solucionará con la retirada del tenis, pero lo mío no tiene cura. Ahora, justo cuando estoy acabando este artículo, siento que me sobreviene una terrible recaída que me hace pensar que Rafa no sólo estará en la tierra parisina para Roland Garros y los JJOO, sino que, además hará algo grande. No tengo arreglo.
Inmenso en tus artículos, Fran: No se si recordarás que, cuando anunció el pasado año su retirada temporal, escribí un comentario diciendo que era algo más, y que posiblemente no volvería a competir a alto nivel. Y por ahora se está cumpliendo y, muy a mí pesar Roland Garros será su último torneo, un grandísimo homenaje al tenista al que jamás superan en cuanto a torneos parisinos conseguidos, ni un extraterrestre los alcanzará. Y por cierto, los ejemplos que has puesto del sitio para aparcar y el carrito de la compra son auténticos, jajaja, cuando se dan las dos circunstancias el mismo día es como te ha tocado la lotería. Eres un crac.
Es envidiable tener un optimismo cómo el que describe nuestro periodista preferido. En mi caso no lo soy tanto. Dicho lo cual y en relación a cuando y como será la retirada de Nadal opino que:
* Se ha ganado todo el derecho ha elegirlo como le venga en gana, ahora bien, a cada uno que nos pregunten, tendríamos una opinión diversa, en mi caso, soy de la opinión que esté último acto de su carrera deportiva (me estoy refiriendo a la retirada) podría haberla decidido ya pero como reseñé anteriormente él y sólo él se ha ganado el derecho de hacerlo cuando y como quiera.