Termina la primera mitad de la temporada con el final de la tierra y el inicio de los brotes verdes. Es hora de analizar lo que nos deja Roland Garros: Djokovic adelanta al Big3 con su 23º Grand Slam, Ruud repite lo de quedarse a las puertas de la gloria y la nueva hornada del tenis se atasca en el tenis al mejor de 5 sets. Rune insiste en reforzar su imagen de «bad boy». Auge del tenis sudamericano y debacle de la Armada terrícola.
La fisiocracia es una doctrina de pensamiento, que se desarrolló en el s. XVIII, cuya idea central confiere el principal protagonismo económico del país a la explotación agrícola. Esta corriente económica, que nació y se desarrolló en Francia de la mano de François de Quesnay, quería demostrar que la tierra era la única entidad capaz de generar riqueza. Trescientos años después, ha sido, otra vez en Francia, donde la Tierra de Roland Garros ha marcado las diferencias, no sólo económicas y de clasificación en la ATP, sino también de cómo queda la Historia del tenis.
Despedimos dos semanas de tenis laboral, de calcetines rojos y camisetas rebozadas en sudor y tierra, de calambres poco corrientes, de partidos maratonianos y de sueños rotos para unos, aunque para otros hayan nacido nuevas ilusiones, pero de estas ya dan cumplida cuenta en la prensa rosa.
A algunos la tierra sigue atragantándoseles. El mismo Dimitrov es un ejemplo. Ha cambiado el ala de la diosa Niké, que le ha acompañado durante toda su carrera deportiva, por el saurio de Lacoste mucho más gabacho, pero no le ha servido para pasar de octavos. Tampoco le fue mucho mejor a otro de los «lagartos» del circuito. Medvedev, tras la expectación creada con su victoria en Roma, cayó a las primeras de cambio ante un brasileño, perdido en la clasificación, que ha añadido a su buen juego la ira de tener que contestar en rueda de prensa cuestiones más escabrosas de su vida personal.
Los fisiócratas franceses del tenis actual eran conscientes de que la tierra de esta edición les iba a dar poca riqueza. Llevan 40 años con malas cosechas, desde que un Quesnay de origen camerunés, Yannick Noah, recogiera el fruto deseado. Este año, ninguno de los agricultores de la raqueta francesa ha llegado a la segunda semana del torneo, si exceptuamos a Tiafoe, que aunque es Frances, nació en Estados Unidos. Ni la ilusionante vuelta de Pouille, ni la calidad de Paire, ni la esperanzadora aparición de Van Assche, ni Fils ni Monfils… han sido capaces de mantener el sueño de un público rabioso por animar jugadores galos.
Tampoco le ha ido mucho mejor a los verdaderos dominadores del juego sobre tierra batida de los últimos 30 años: la Armada terrícola. Con la ausencia de Nadal parece que se hubieran desactivado las aptitudes del resto del ejército español. Carreño causó baja por su prolongada lesión de codo, Bautista se fue de Varillas para completar una temporada de tierra que sería bueno que olvidara pronto, Ramos, Carballés y Munar perdieron más pronto de lo esperado y únicamente Davidovich vendió cara su derrota ante un Djokovic al que llevó al tie-break en los dos primeros sets.
Sólo Carlos Alcaraz ha mantenido la esperanza de la afición española, y parte del extranjero, como posible candidato al triunfo final. En semifinales, se enfrentó, en la que toda la opinión pública ha llamado como final adelantada, a Djokovic. Ahí, la mayor experiencia del serbio para manejar las situaciones de tensión y para controlar su propio cuerpo, dieron cumplida cuenta de la excesiva generosidad física de un Carlitos cegado por su explosividad juvenil.
El tenis a 5 sets sigue escribiéndose con mayúsculas y los jóvenes de primaria que vienen empujando fuerte no son capaces de aguantar la presión en partidos que se van más allá de las tres horas. Le ha ocurrido a Alcaraz con su bloqueo muscular, pero también los Rune, Sinner, Korda o Aliassime han dado buena muestra de ello. El danés fue el que más lejos llegó por su evidente calidad y porque, desde hace tiempo, viene haciendo méritos con sus artimañas para sacar de quicio a rivales, jueces, público e incluso partidarios. Su histrionismo en pista contrasta con su actitud bonachona fuera de la misma. Lo que está claro es que la etiqueta de «bad boy» del tenis ya la tiene colgada y eso ya es muy difícil de quitar.
La buena noticia de esta edición ha venido de Sudamérica con una buena hornada de jugadores que vuelven a brillar sobre su querido polvo de ladrillo: Cerundolo, Etcheverry, Jarry, Varillas, Seybold Wild, Pella, Cachín… aunque, al final, sobre todos ellos primó la experiencia de este chacal del tenis que suma ya su tercer título en la tierra de París y la de un campesino del tenis vikingo que conoce los procesos de la tierra a la perfección y que sigue sembrando para obtener muy pronto la cosecha esperada.
En Roland Garros todo es diferente. Si el tenis siempre ha sido tachado como un deporte de clases altas, poco asociado al esfuerzo, en el Grand Slam de la tierra batida, el trabajo se erige en protagonista del juego. También resulta curioso comprobar que haya tenido que ser en el torneo de Nadal, vencedor 14 veces aquí, en el que Djokovic se erija como el más laureado del Big3. Pues eso, que Roland Garros es peculiar, sino cómo se iba a explicar que un aviador, dominador del Aire, diera nombre al mejor torneo sobre Tierra.
Gran crónica de un torneo presagio de futuras promesas tenisticas necesarias para un cambio de nombres dominantes que ahora con nuevas superficies tendrán la posibilidad de hacer realidad lo iniciado en Roland Garros
Una temporada de tierra con sabor muy agridulce. Vendrán tiempos mejores. De verdad espero ver «the last dance» de Nadal el año que viene. A veces, los sueños se cumplen.